Arleys buscaba a su mamá y a su hermano entre las ruinas



Estaba en medio de los tambores de San Juan cuando todo comenzó a temblar a su alrededor y una estampida de gente la arrolló. Arleys Romero, de 13 años, regresó a casa, pero al llegar vio que el edificio ya no estaba. No sabía nada de su mamá y su hermano. Esa noche, durmió sola, a la intemperie, rodeada de vecinos que también lo habían perdido todo.

Una hora antes del terremoto, Arleys Romero La Rosa, de 13 años, había salido de casa. Esa noche habría tambores hasta el amanecer y ella quería estar un rato, compartir con sus amigos, pasarla bien. Así se celebra a San Juan allí en La Guaira.
—Mamá, vengo más tarde; no me llevo el celular.
—Está bien, hija —le respondió su madre, Eysle La Rosa, de 37 años— recuerda no venir tan tarde, por favor… Cuídate mucho.
Se quedó allí, junto a su otro hijo, Eyker Acevedo, de 4 años, mientras Arleys salió caminando desde la OPPE 27, en la urbanización Caribe, junto a su amiga Yonielis Salazar y la madre de ella.
El recorrido hasta Caraballeda era de apenas 1,3 kilómetros. Nomás llegaron, las envolvió el sonido frenético de los tambores; el ritmo que hace difícil mantener las caderas y los pies quietos. Estaban rodeadas de esa energía cuando la tierra tembló y la fiesta devino en estampida.
Entre la gente corriendo y el suelo agitándose, Arleys perdió el equilibrio y se cayó. Trataba de levantarse, pero la gente no la veía, le pasaban por encima. Logró ponerse de pie a duras penas. En medio del caos buscó con la mirada a Yonielis y a su mamá, pero el río de gente ya las había arrastrado. No supo más de ellas.
Sola, desorientada y a oscuras —porque La Guaira se quedó sin electricidad—, Arleys emprendió el camino de regreso a casa. Vio edificios agrietados, estructuras desplomadas y cadáveres tendidos en la calle. Siguió caminando y caminando. Solo quería llegar a su edificio y encontrar a su mamá y a su hermano vivos y a salvo.
A medida que se acercaba al urbanismo Caribe, la devastación era cada vez más desoladora.
Cuando llegó, se detuvo en seco: frente a ella ya no estaba el edificio de 20 pisos donde había vivido toda su vida. En su lugar, había una montaña de concreto y polvo.
Rompió a llorar.
—¡Mamá…! ¡Eysle…! ¡Eyker!
Recorrió los alrededores llamándolos una y otra vez.
Les preguntó a vecinos y desconocidos si los habían visto, pero nadie sabía nada.
Todos buscaban a alguien entre los escombros. Arleys siguió gritando el nombre de su mamá y de su hermanito, y así las horas pasaron.
Poco después de la medianoche, una vecina le sugirió caminar hasta el campo de golf, a unos 200 metros de donde se encontraban los escombros, y eso hizo.
Allí varias familias habían comenzado a reunirse por temor a permanecer cerca de las construcciones afectadas. La gente decía que las que quedaban en pie podían terminar de caerse con alguna de las réplicas que, de tanto en tanto, se sentían. Algunos vecinos improvisaron pequeñas carpas; otros se mantenían a la intemperie.
Arleys se quedó allí, sola. Lloró en silencio mientras escuchaba las conversaciones que no hacían sino preocuparla más:
—En La Guaira no quedó nada.
—Muchos ya murieron…
—No creo que sobrevivan estando tantas horas bajo los escombros…
—Tenemos que salir de aquí e irnos para Caracas.
—Macuto y Catia La Mar están devastadas también.

Esa noche, Arleys no pudo dormir. Se mantuvo caminando de un lado a otro. Varios adultos le ofrecieron de comer y de beber, pero ella no quiso. Solo quería que amaneciera. Tenía la esperanza de que la luz del día le trajera alguna noticia de su familia.
Tan pronto salió el sol, regresó a lo que quedaba del edificio. Caminó otra vez entre los escombros, llamando a su mamá y a su hermano. Se subió a la montaña de concreto y siguió gritando sus nombres hasta que la voz comenzó a quebrársele.
Fue entonces cuando escuchó que alguien la llamaba.
—¡Arleys, mi niña…! ¿Cómo estás?
Al voltear reconoció a Yesenia Méndez, la mamá de una compañera de su equipo de voleibol.
Corrió hacia ella y se refugió en sus brazos. Al fin una cara conocida.
—Mal, Yesenia… No encuentro a mi mamá ni a mi hermano. No sé nada de nadie… Ni siquiera tengo celular… —Arleys apenas podía hablar.
—Tranquila, mi niña. Vamos a ver qué hacemos.
Permanecieron juntas el resto de la mañana recorriendo los alrededores del edificio. Preguntaban, llamaban, buscaban entre quienes seguían llegando al lugar.
No había rastro de Eysle ni de Eyker.
Cerca de las 2:00 de la tarde, Yesenia le propuso irse con ella a la casa de su familia en Catia, al oeste de Caracas. La habían ido a buscar en una camioneta. Arleys se resistió al principio. No quería irse sin encontrar a su mamá y a su hermano, pero Yesenia insistió hasta convencerla. Sabía que permanecer sola en Caribe ya no era seguro.

Del trayecto la adolescente recuerda muy poco. El cansancio acumulado, la noche sin dormir y las horas de búsqueda terminaron por vencerla. Lo que sí recuerda es haber llegado a Caracas cuando ya había oscurecido y que, apenas entró a la casa, Yesenia intentó ponerla en contacto con su familia.
—¿Te sabes el número de algún familiar? —le preguntó.
—El único que recuerdo es el de mi prima Arantza.
Yesenia marcó el número.
Al escuchar la voz de Arleys, Arantza Romero comenzó a gritar al otro lado de la línea. Carmen Blanco, la abuela paterna de la niña, tomó el teléfono para hablar con su nieta.
—¡Mami! ¿Cómo estás?
—Bien, abuela… Estoy en Caracas… —respondió con la voz quebrada.
—¿Estás con tu mamá y con el niño?
—¡No, abuela, estoy sola, no los encuentro…!
—…Tranquila, princesa. Ya van a aparecer… Por ahora te vienes conmigo.
Carmen, quien vive en Mamo, en la parroquia Catia La Mar, le pidió a Marcos La Rosa, un primo materno de Arleys, que fuera a buscarla para llevarla de regreso a La Guaira. A la mañana siguiente, el 26 de junio, Arleys volvió en moto, pero antes de ir a casa de su abuela, le pidió a Marcos que pasara primero por Caribe. Todavía esperaba encontrar alguna noticia de su mamá y de su hermano.
El lugar había cambiado poco. Los vecinos removiendo los vestigios del edificio, mientras otros gritaban los nombres de sus familiares. Aún no había allí maquinarias (la ayuda especializada no llegaría sino hasta el 30 de junio) y los equipos de rescate, conformados por los mismos vecinos y otros voluntarios, eran claramente insuficientes para la magnitud del desastre.
Arleys volvió a buscar entre las ruinas.

El cansancio terminó por imponerse, el cuerpo le pedía que se detuviera.
Así, cerca de las 6:00 de la tarde, Marcos la llevó finalmente hasta la casa de su abuela, a unos 27 kilómetros de Caribe. Al verla entrar, doña Carmen la contuvo en un cálido y largo abrazo. Entre sollozos, Arleys le contó lo que había vivido desde la tarde del terremoto: el regreso al edificio, la noche sola en el campo de golf, las búsquedas sin respuestas…
Poco después, una vez estuvo más tranquila, pudo hablar por teléfono con su padre, Armando Romero, quien vive en Chile desde hace 10 años y desde entonces no ha vuelto a ver a Arleys.
—Hija, ¿cómo estás?
—Mal, papá… No encuentro a mi mamá ni a mi hermano… Me siento sola.
—Lo sé, hija. Pero tu abuela y tus primos están contigo. Estoy seguro de que pronto estarás de nuevo con tu mamá.
—¿Y si no aparecen? —preguntó.
Del otro lado de la línea hubo un breve silencio.
—Intenta no pensar en eso, por favor… Te prometo que el próximo mes iré a Venezuela…
La llamada se cortó y el silencio devolvió a Arleys a la realidad del litoral. En estos días que se le han hecho eternos. Ella espera con su abuela, pendiente de cada llamada y de cada noticia que llega sobre el edificio donde vivía.
Esta historia es parte de la serie “Los niños del terremoto”, producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y Tal Cual.