¿Dónde está Kelly?



Tapiada por los escombros de su edificio, Susana Silva logró empujar hacia afuera a Kelly, una de sus hijas, de 5 años. Cuando el esposo logró sacarla a ella y preguntó por la niña, no encontró respuestas. Nadie sabía dónde estaba. Comenzaron entonces a buscarla, en medio de la devastación de La Guaira.
Por Angélica Lugo
FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR Aunque era feriado, Ángel Raga había tenido que trabajar ese 24 de junio. Gajes del oficio. A eso de las 6:00 de la tarde, ya se estaba alistando para volver a casa. Se sentía cansado; quería llegar cuanto antes, quizá darse un baño y apagarse hasta el otro día.
Pero, de pronto, la tierra se sacudió.
En medio de esos segundos de confusión, sorprendido por el movimiento estrepitoso que nunca antes había sentido, Ángel no hizo sino pensar en sus hijos y en su esposa, Susana Silva, que estaban en el apartamento del piso 2 de la OP26 de la Misión Vivienda, en el sector Caribe, donde vivían desde hacía apenas seis meses. La Gobernación de La Guaira les había adjudicado esa casa cuando los hicieron desalojar el rancho que tenían en Catia La Mar, otro sector de La Guaira, porque de un momento a otro podía venirse abajo.
Kimberly Enrique Silva, de 18 años de edad; Kiara del Valle Enrique Silva, de 11; Kevin Jesús Raga Silva, de 7 años, y Kelly Saraí Raga Silva, de 5.
Unos, hijos de sangre; otros, de su pareja: a todos los había aprendido amar como propios.
Ángel —moreno, canoso, de 54 años— se apresuró, entre escombros, nubes de polvo, gritos y caos, e intentó llegar a ver cómo estaba el edificio. No pudo. Unos militares habían trancado el paso. Insistió, hasta que no vio más alternativa que irse a casa de unos familiares a pasar la noche. Una noche larga. Sin electricidad. Sin señal telefónica. Y en medio de lo que parecía el postapocalipsis.
El edificio, como todos alrededor, se desplomó.
La urbanización era ahora una pila de placas de concreto.
Tan pronto amaneció el 25 de junio, a las 5:00 de la mañana, Ángel llegó al lugar con herramientas y un grupo de compañeros a quienes les pidió apoyo. La destrucción era tal que no le resultaba fácil ubicarse.
¿En medio de todo aquello, dónde estaba su casa?
Escarbó; trató de hallar, entre los escombros, algo, alguna señal de su gente, de su hogar. Vio una planta; una planta de hojas verdes que tanto habían cuidado. Era la señal. Se acercó y, justo allí, se afanó tratando de romper para abrir espacio. Un par de horas después, logró sacar a Susana. La abrazó, brevemente pero fuerte, y continuó buscando.
Gritaba los nombres de sus hijos; les pedía que respondieran si podían.
Que papá estaba allí. Que no estaban solos. Que esperaran un poco más.
Susana sabía que Kelly Saraí no estaba allí, porque horas antes —quizá en la noche, o madrugada, ahora se le hace imposible entender el paso del tiempo— ella la había logrado sacar. Aunque aprisionada, quedó en un espacio hueco, pudo abrir espacio y empujar a la niña hacia afuera. Supo —porque lograba escuchar lo que sucedía afuera— que estaba viva. Y que la recibió un funcionario de la Policía de Vargas.
Eso le contó Susana a Ángel mientras este y sus amigos seguían tratando de romper losas, taladrar el piso para terminar de sacar al resto de los niños y adolescentes.
Pasaron seis horas hasta que lo lograron.
“Gracias a Dios, pude sacar a las tres niñas con vida. A Kimberly, la de 18 años de edad, le amputaron dos dedos de los pies, pues le cayó una pared encima. Estando tapiada, convulsionó, me imagino que por el dolor en los pies, pues nunca había convulsionado”, cuenta.
Pero eso lo puede decir ahora. Primero les tocó vivir la incertidumbre de saber dónde estaba Kelly.

¿Dónde está Kelly?, ¿dónde está Kelly?, preguntaban a los policías que venían alrededor, y ninguno les sabía responder.
Kevin, de 7 años, salió con el fémur de una de sus piernas roto. Ángel, con el apoyo de sus amigos, diseñó una especie de inmovilizador, con una caja de cartón, para ponerla en su piernita. Una vez estaban todos a salvo y con vida, acudieron a un puesto de auxilio que habilitaron en Macuto, por la bajada de El Playón. Atendieron a Kevin y lo trasladaron al Hospital de Clínicas Caracas, donde lo operaron. Aunque privado, este centro de salud ha estado recibiendo víctimas de la catástrofe y, según el personal administrativo, luego canalizarán los pagos con el Estado.
De eso se encargó Susana. Ángel se quedó buscando a Kelly. Ambos padres comenzaron a publicar en redes sociales que la niña estaba desaparecida. Grabaron videos pidiendo que, quien supiera de su paradero, por favor les avisaran.
Pasó un día entero en el que no tuvieron respuestas precisas más allá de manifestaciones de solidaridad de mucha gente.
Pasó otro día más con la insistente pregunta: ¿dónde está Kelly? No sabían qué hacer. A dónde ir. No tenían dinero ni documentos ni nada más que la certeza de que su niña estaba viva.
Ángel iba a hospitales, a campamentos, a refugios, y nada.
Entonces, el llamado por las redes sociales surtió efecto. Unos familiares de Ángel iban de Caracas a La Guaira a seguir la búsqueda cuando una vecina los llamó: les dijo que el funcionario de Polivargas que la había recibido se la había entregado a ella.
“En ese momento me volvió el alma al cuerpo”, dice Ángel.
En el informe Niñez y adolescencia afectada tras el sismo, publicado por Cecodap a seis días de los terremotos, esta organización advierte que la separación familiar temporal es un riesgo y que debe ser monitoreada de manera estricta: “En las primeras horas de una emergencia, la falta de localización de un niño aumenta la posibilidad de separación familiar prolongada, exposición a personas no autorizadas, circulación insegura de datos personales, trata, explotación, violencia, institucionalización innecesaria o adopciones irregulares”.
“Es un milagro”, dice Ángel. “Lo digo por la dimensión de lo que pasó. En nuestro edificio rescataron, hasta ese momento que estuve allí, solo nueve personas con vida, y seis eran mi familia, imagínate si no es un milagro. Yo soy hijo de Dios”.
Pero la historia, para esta familia, está lejos de un desenlace.
Ángel cuenta que no han conseguido un refugio. “He averiguado en varios y están llenos. Pero me consiguieron un espacio en una casa en Los Teques para que esté, mientras conseguimos uno para estar con el niño, tomando en cuenta que fue operado. Estamos esperando”.
Esta historia es parte de la serie “Los niños del terremoto”, producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y Tal Cual.