En La Guaira, los vecinos se organizaron para recuperar los cuerpos de sus muertos

Sin importar edad, profesión y sexo, los venezolanos afectados por los terremotos se planificaron para rescatar con vida a sus familiares o para extraer sus cuerpos. Recibieron mínimo o ningún apoyo del Estado, pero sí consiguieron ayuda de sus vecinos, amigos o de desconocidos que llegaron como voluntarios para colaborar

Angélica Lugo 

@Angelicareporter 

En el área común de las cuatro torres de las Residencias Caribe, en Caraballeda, al lado de las llamadas OPPPE, hay carpas, colchones y colchonetas. Algunas personas descansan; otras organizan su área mientras comienza un nuevo día. No están allí como damnificados. Son unos 20 vecinos que se han organizado para recuperar los cuerpos de sus familiares en una de las zonas de La Guaira, el estado más afectado por el doblete sísmico que sacudió a Venezuela el 24 de junio.

El campamento se instaló en el área conocida como la pérgola. Allí tienen un centro de acopio donde organizan las linternas, alimentos y bebidas que reciben de voluntarios. A unos 30 metros, hay una carpa que instaló una organización evangélica que les brinda apoyo e, incluso, medicamentos.

Todos en el campamento aseguran que Luis Alfredo Gil, conocido como “Chicho Wallace” (una especie de nombre artístico que usaba para animar fiestas), ha sido la alegría y energía de todos. Catorce días después de la tragedia, “Chicho Wallace” recuperó el cuerpo de su esposa Milexa Torres, en la Torre D de  Residencias Caribe. Antes de extraer el cuerpo de su esposa, escribió un grafiti con su nombre. La técnica de escribir pintas en las paredes se usa allí para comunicarles a los organismos de seguridad que sean cuidadosos porque en el interior hay cuerpos y no quieren que sean desmembrados.

“Él es admirable porque sacó a su esposa solo con las sus manos”, comenta Aura Medina, quien no ha abandonado el campamento en 49 días. Ella anhela recuperar el cadáver de su esposo. 

Justo cuando Aura hablaba con Monitor de Víctimas llegó “Chicho Wallace” a complementar la información.

“Me tardé 14 días yo solito. Llegaban ayudas gubernamentales, pero cuando veían la magnitud de la problemática, en cuanto a rescate como tal, lamentablemente se iban porque no contaban con las herramientas necesarias y, por supuesto, con un cincel y una mandarria, lo logré y no me rendí. En la búsqueda de mi esposa, encontré a los vecinos de la parte de arriba, del piso 2: la señora Angie Briceño, el doctor Marcos Sánchez y su hija Naysha Blanco”, explicó el hombre.

“Chicho Wallace” no ha abandonado el campamento. Además de seguir ayudando a sus vecinos, quiere recuperar los pasaportes de sus hijos y su título universitario.

Hernán Sandoval, de 26 años, es uno de los topos voluntarios más activos en Caraballeda. Se inició en esta actividad luego de recuperar el cuerpo de su hijo, Ronald Alessandro Sandoval Duque, de 8 años. En el día 54 posterior a los terremotos, ayuda a vecinos de Residencias Caribe en la extracción de cuerpos.

“Aquí no estamos por ganarnos una medalla y mucho menos por conseguir números en redes estamos de corazón y no por honor , no me lucraré de ningún dolor por que también estoy pasando por el mismo dolor de mi gente de La Guaira, que necesita de todas esas personas que colaboran de corazón”, manifestó Sandoval.

A las 6:04 de la tarde del 24 de junio de 2026 comenzó la tragedia. El primer terremoto, de magnitud 7,2, tuvo su epicentro 20 kilómetros al este de San Felipe, en Yaracuy. Treinta y nueve segundos después llegó el segundo, mayor y mucho más cerca de la casa de “Chicho”: magnitud 7,5, con epicentro a 17 kilómetros al oeste de Catia La Mar, en La Guaira. Ambos a diez kilómetros de profundidad, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. 

El balance oficial presentado el 10 de agosto por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, contabiliza 6.301 fallecidos y 73.356 personas que requirieron atención hospitalaria. El mayor impacto del desastre lo tuvo La Guaira, aunque las cifras oficiales no incluyen a quienes siguen bajo los escombros. 

Lo que vino después demostró que, aún en el peor escenario de sus vidas, los venezolanos contaban con sus propias manos y con las de desconocidos. Durante semanas, decenas de familias se organizaron para hacer lo que el Estado no fue capaz de hacer: sacar a sus muertos sepultados bajo toneladas de concreto.

Los topos calculan que en Residencias Caribe han rescatado unos 100 cadáveres, mientras que los vecinos estiman que todavía quedan unos 110 cuerpos bajo escombros. “Chicho Wallace” explica que el miércoles 12 de agosto, entre la tarde y la noche, unos drones sobrevolaron esas estructuras: “Según el diagnóstico que se hizo con los drones, el cálculo aproximado oscila entre 70 cuerpos superficiales y 40 profundos, o sea, de mayor complejidad para su rescate”. 

“Por eso es necesaria la maquinaria pesada para levantar las losas”, advierte Marlon Paz, quien también forma parte del grupo de vecinos que buscan a sus familiares. Se turna con su hijo Kleymer Paz, de 26 años, en la búsqueda de su hijo menor, Isaac Sebastián Paz Correa, de 8 años, y de su esposa, Kinger Zuleyka, de 45 años. Un día baja él desde Caracas y el otro baja su hijo mayor, pues él está a cargo del cuidado de su padre de 78 años.

Marlon Paz en el campamento de Residencias Caribe. Fotografía: Angélica Lugo

Marlon Paz ha ido cuatro veces a la morgue que instalaron en Los Silos. Allí identificó el cuerpo de su suegro Carlos Machado, de 65 años.

“Se necesita cabilla, oxicorte, cuerdas de rapel, guantes de carnaza, linternas, maquinaria pesada, bebidas energizantes y con electrolitos”. Estas son peticiones que se repiten tanto en las inmediaciones de las residencias privadas como en las del Estado, como las torres de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales, mejor conocidas por sus siglas OPPPE, incluso a casi dos meses de los terremotos. 

Ante la escasa respuesta del Estado, los vecinos de las residencias afectadas por los sismos en La Guaira se organizaron como pudieron. Llevaban cavas con hielo y agua y crearon grupos de WhatsApp. En algunas residencias montaron carpas improvisadas e hicieron pintas en las fachadas de los edificios para solicitar ayuda a las autoridades competentes. 

Aunque nadie estaba preparado para la tragedia, los días posteriores a los terremotos, los afectados ya manejaban algunos términos forenses, de construcción y de ingeniería. La situación los llevó a documentarse y a comprobar en el terreno qué estrategias debían aplicar para avanzar en las labores de búsqueda. 

Los grafitis y el escenario que elaboró un padre para recuperar a su hijo

Fotografía de Adelso Abadía en la puerta del edificio Aguamarina. Foto: Angélica Lugo

Antonio Abadía estuvo 19 días haciendo guardia en las afueras del edificio Aguamarina, en Caraballeda, pidiendo ayuda para recuperar el cuerpo del mayor de sus tres hijos, Adelso Abadía, de 45 años.

Abadía padre declaró a medios internacionales y nacionales, habló con militares que llegaron a la zona, hizo un altar, con una foto de su hijo y una vela, y también escribió grafitis en toda la fachada de ese edificio. “Quiero recuperar su cuerpo para darle sepultura y descansar yo también”, decía una de las pintadas más visibles que hizo justo en la entrada de la edificación. 

Finalmente, el lunes 13 de julio en pleno atardecer, voluntarios civiles le ayudaron a recuperar el cuerpo de su hijo, que trabajaba como despachador de vuelos de la aerolínea Rutaca. 

Antonio Abadía, que en ese entonces tenía 69 años, pagó 1.100 dólares a unos civiles que le ayudaron a cavar un túnel para llegar al apartamento 1A donde vivía su hijo. Esos mismos “voluntarios” recuperaron cuerpos en residencias El Molino, ubicadas frente al edificio Aguamarina. 

“Él llegó a abrir la reja, pero no pudo salir y quedó bloqueado con una nevera que le cayó encima (…) los primeros tres o cuatro días, su esposa logró visualizar su cuerpo. En algún momento pensamos en pagar una maquinaria especial que costaba 1.600 dólares, un familiar que está en España la iba a pagar, pero un militar me explicó que no se podía utilizar porque iba a terminar de ceder el edificio y lo entendí”, explicó el señor Antonio.

En este edificio solo dos personas quedaron bajo los escombros: Aldelso Abadía y una mujer que estaba en su apartamento en el piso 2 y que, al igual que Adelso, fue extraída por voluntarios.

La casita improvisada de Cristian Verdú en el edificio Jurel 

Cristian Verdú ingresa a Jurel, pese a las advertencias que han realizado rescatistas. Foto: Angélica Lugo

Ocho de la mañana del miércoles 12 de agosto. Cristian Verdú, de 22 años, inicia la rutina de costumbre que ha repetido durante las últimas semanas en las inmediaciones del edificio Jurel. Es el día 49 posterior a la tragedia. Está agotado y con dolor de espalda, pero quiere recuperar el cuerpo de su madre, Yuridey del Carmen, de 49 años. 

Cristian agarra un recipiente y se dirige a un tanque de agua de una residencia de monjas que le ha prestado colaboración. Después de llenarlo, se dirige a un baño que las religiosas le prestan y se alista. Una periodista lo espera sentada en un sofá de la salita que está al lado de la carpa donde él y su primo de vida, Willy Silva, alcanzan a dormir unas dos horas por día.

 

 

Mientras Cristian se alista, Willy barre la alfombra de la salita. Abre varias hojas de cartón con pegamento para moscas y las pega en la parte de arriba de la carpa que instalaron con bolsas azules. De inmediato, llega un señor con dos termos de café, uno de café con leche y otro con café negro. Es un voluntario que vino desde el estado Amazonas y que se está quedando en casa de unos amigos en La Guaira. El café, por cierto, lo preparó una barista.

Conforme pasan las horas, van llegando más personas a la casita que Cristian, junto con su primo Willy y amigos de La Guaira, ha acondicionado para hacer más llevadera la búsqueda. Y es que, además de lo complejo de ingresar a la debilitada estructura del edificio Jurel, las jornadas son largas y las visitas a Cristian llegan incluso de madrugada, como ocurrió esa misma noche cuando unos voluntarios, que venían desde Caraballeda, llegaron con arepas para donarlas a Cristian y a los rescatistas que lo están ayudando.

Voluntarios llevando arepas a Jurel. Foto: Angélica Lugo

Las labores de búsqueda en este conjunto residencial, uno de los más emblemáticos de La Guaira por su infraestructura, y por la imponente vista de la playa desde el área de la parrilla, han pasado por varias etapas. Los primeros días e incluso las dos primeras semanas, había presencia de varios vecinos que parecían estar en coordinación entre ellos y que, como en la mayoría de las residencias afectadas por los sismos, tenían claro lo que se requería. 

La búsqueda de la madre de Cristian Verdú también ha pasado por varias etapas. A Jurel llegó una delegación de la Brigada Internacional de Rescate Topos Azteca luego de que se hiciera viral el caso de Cristian, pero tras días de trabajos en esta estructura, Carlos Cienfuegos, jefe del equipo técnico USAR (Urban Search and Rescue), explicó que las labores en esas residencias eran complejas y fueron suspendidas. El joven, sin embargo, decidió continuar y ha seguido ingresando a las residencias a riesgo propio, pese a las advertencias de los especialistas. 

Cristian no solo ha tenido la misión de recuperar el cuerpo de su madre. Ocho días después de la tragedia, recuperó el cuerpo de su hermano Iremerson Verdú, de 12 años, con apoyo de civiles voluntarios y de policías que dieron con el adolescente con un dron y también el de Andy, otro joven amigo de su hermano. Entre las comisiones policiales que han llegado a Jurel de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), están la Unidad de Operaciones Tácticas Especiales, la Unidad Contra Bandas Criminales y la Dirección de Investigación Penal, así como también efectivos del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc). 

Cristian Verdú también espera encontrar el cuerpo de su primo Rayth Gabriel Prieto Verdú, de 20 años, quien se encontraba en el apartamento de su madre. 

A casi 60 días de los terremotos, Cristian sigue contando con el apoyo moral de su primo de vida Willy Silva, quien también pernocta en las inmediaciones del edificio Jurel en una carpa frente a un altar con vírgenes y figuras religiosas que han recuperado en el edificio. Y también ha contado con el apoyo de uno de sus vecinos, José Meza, que ya tiene experticia en la recuperación de cuerpos en ese edificio. Días atrás, recuperó el cuerpo de su hija Lía Valentina Meza Salazar, de 3 años, y de sus suegros, Eduardo Martins, de 43 años, y Arelis Mariño, de 50. 

Altar que armó Cristian. Foto: Angélica Lugo

El 13 de julio, 19 días después de los terremotos, una maquinaria privada estuvo activa en Jurel. Pero esta fue pagada por una familia que, tras recuperar el cuerpo de su pariente, la retiró. Y es que, a medida que se han recuperado los cuerpos en esta residencia, el ambiente resultaba cada vez más desolador. Sin embargo, los videos que subió a sus redes la periodista Maryorin Méndez solicitando ayuda para Cristian, han surtido efecto.

Ese 12 de agosto las visitas no cesaron y, como pudieron, los amigos de Cristian limpiaron el área y ofrecieron café a los visitantes. Llegaron periodistas, un matrimonio que llevó arroz chino casero, los visitaron miembros de la fundación Gotas de Esperanza Venezuela que les llevaron electrolitos y perros calientes y también los miembros de Pico y Pala de la Universidad Central de Venezuela para evaluar las condiciones del edificio. Uno de los estudiantes explicó que, aunque ellos estuvieron los primeros días, no quisieron interferir en las labores de búsqueda que realizaron los topos de México. 

Amigo de Cristian barriendo. Foto: Angélica Lugo

Ese día, pasadas las 10:00 pm, se dañó una cámara endoscópica, que es un dispositivo con un tubo largo y delgado que lleva una luz y una cámara pequeña en la punta, que es esencial para continuar con las labores de búsqueda. Una de las integrantes de la fundación Gotas de Esperanza subió un video en su cuenta de Instagram para solicitar ayuda, pues el equipo cuesta 170 dólares y, en cuestión de minutos, recibió el donativo.

Al movimiento nocturno en las inmediaciones del edificio Jurel se suma la llegada de más de una decena de miembros de la Policía Nacional Bolivariana, quienes custodian el área durante la noche y hasta las 2:00 de la madrugada aproximadamente. 

Cristian y Willy se preparan para rezar. Foto: Angélica Lugo

Cristian continúa agotado. Pero, por primera vez, tiene más esperanzas. Logró visualizar parte de la sala del apartamento de su madre y, justamente en la madrugada de este jueves, unos voluntarios llegaron con drones especiales que permiten detectar la presencia de cuerpos. Detectaron que en la parte de arriba hay cinco cuerpos. Presumen que entre ellos están la mamá y el primo de Cristian. Pero aún  no hay certeza de nada. 

 

Al cierre de este reportaje, Cristian Verdú necesita una grúa telescópica de 130 toneladas para poder levantar las losas y sacar los cuerpos de sus familiares. 

Cristian Verdú junto con su madre y hermano. Foto: Cortesía Cristian Verdú

“Aquí sigo, aún no teniendo una buena respuesta del lado de los topos de México, ya que se hizo lo que se pudo hacer humanamente, aún seguiré viendo cómo llego. Ya la voz de la experiencia dio una respuesta, ya todos la saben (…) Bueno, nada. Es mi mamá la que está allá adentro. Creo que es un poco difícil ponerse en mis zapatos, entiendo la situación, que se hizo lo que se pudo hacer humanamente posible, pero acá me encuentro luchando con Dios. Sigo en la búsqueda. Aquí voy a estar hasta que logre dar con mi mamá”, manifestó el joven. 

El primo de vida de Cristian explicó que aunque están conscientes de que es riesgoso entrar al apartamento, han usado rapel para poder llegar: “Al apartamento le cayó una placa grande encima”. 

Tanto Cristian como Willy trabajan en el área de mercadeo. Pero, desde la tragedia, no han podido trabajar. Sus ahorros los gastaron en esta emergencia y el vehículo de Cristian, que es el que utilizan para movilizarse, presenta fallas y se quedó sin gasolina. 

Unión y solidaridad en las OPPPE 

La urgencia y los desastres han marcado la historia de la OPPPE, que fue creada en octubre de 2009 por decreto del entonces presidente Hugo Chávez para ejecutar obras urbanísticas y arquitectónicas “de carácter extraordinario”. Y lo extraordinario ocurrió más pronto de lo imaginado. Un nuevo decreto aceleró el proyecto en 2010 para atender a unas 50.000 personas que perdieron sus viviendas en los deslaves provocados por las fuertes lluvias de ese año.

De las 43 torres de la OPPPE levantadas en La Guaira, entre 2011 y 2013, ninguna resistió el doblete sísmico: 16 colapsaron y las 27 restantes deberán ser demolidas por daños estructurales irreparables.

En las inmediaciones de las torres de las OPPPE de Caraballeda, aún en la difícil tarea de recuperar y reconocer cadáveres de seres queridos, hay unión y solidaridad. En la Torre I de la OPPPE 26, también se replica la historia de un joven de 22 años en la búsqueda de su madre. Se trata de Cristian Dugarte, quien al atardecer del 27 de julio encontró el cuerpo de su mamá, Yolimar Carolina Dugarte Ruiz, de 41 años. 

Durante más de un mes, el joven, que estudia noveno semestre de Organización Empresarial en la Universidad Simón Bolívar, en la sede de La Guaira, se apoyó en vecinos, amigos e incluso en policías vestidos de civiles para ayudar en la remoción de escombros. 

Antes de encontrar a su madre, Dugarte recuperó los cuerpos de dos vecinos, lo que le permitió ir acumulando experiencia para dar con su madre.

Cristian Dugarte junto con el novio de su prima en las OPPPE

Dugarte compara el movimiento del edificio donde quedó su madre con el de una ola. Ella estaba en el apartamento 5 del piso 6 y las labores de búsqueda de un vecino del piso 5 le fueron de ayuda, pues ese vecino contaba con mandarrias, plantas eléctricas y otros implementos que él no tenía. 

“El edificio se acostó y el apartamento también. Lo comparé con el efecto de una ola, que es como cuando la persona se cae y es arrastrada por el mar (…) Yo visualicé todo. Primero, llegué al cuarto de mi mamá y analicé en dónde podía estar el cuerpo. Estaba en la sala y yo estaba ubicando todo. A las 6 de la tarde del 27 de julio estaba excavando y encontré el teléfono de mi mamá, que quedó intacto. Cuando hay un teléfono, hay un cuerpo; esa fue la pista necesaria para excavar más. Como a las 6:30, llegó un grupo de amigos policías que hablaron con la maquinaria y mi mamá apareció en la sala, la máquina no la tocó, empujó el concreto, y la pude recuperar, conservaba su cabello y estaba reconocible”, recuerda Dugarte.

Cristian Dugarte junto con su madre. Foto: Cortesía Cristian Dugarte

Dugarte intuye que su madre murió el mismo día de la tragedia. “Ella murió al instante. Uno tiene experiencia porque saqué tres cuerpos. Mi mamá tenía el cuerpo seco: no tenía líquido, no tenía parche. El apartamento estaba como un sándwich; estaba muy presionado. Mi mamá no sufrió”. 

El joven está en Caracas organizando los novenarios que programó para su madre. Pero al culminar, retornará a las OPPPE a ayudar a conocidos que aún, a casi dos meses del sismo, no han podido recuperar a sus seres queridos; entre ellos, a un vecino que busca a cinco sobrinos. 

“Si cuando llegue mis amigos ya recuperaron a sus familiares, ayudaré a otros. Aún queda mucha gente allá abajo necesitando ayuda”, aseguró Dugarte. 

 

Héroes anónimos en Caraballeda  

Voluntarios en las OPPPE de Caraballeda. Foto: Cortesía rescatista Kleiner Guédez

Además de la solidaridad entre vecinos, a las OPPPE llegan personas con helados, mejor conocidos como “chupi chupi”, compotas, bebidas frías y hasta alimentos. También han llegado fundaciones cristianas y “topos” o rescatistas voluntarios que se han abocado a la búsqueda y recuperación de cuerpos en estas estructuras que quedaron en ruinas.

Kleiner Guédez, de 26 años, voluntario en la iglesia San Miguel Arcángel en El Cementerio, en Caracas, se coordinó con varios amigos para bajar a La Guaira el 25 de junio a ayudar. Logró ponerse de acuerdo con un equipo de voluntarios de Sanare, estado Lara, y se dividieron en varios grupos. Pero también ha hecho equipo con miembros de la organización gubernamental Protección Civil y de la ciudadana Ángeles de la Autopista.

Las labores de rescate y de recuperación de cuerpos de los familiares de Kleiner se concentraron en las OPPPE de Caraballeda. El lunes 3 de agosto bajó, pasadas las seis de la tarde, a la Torre H de la OPPPE 26, pues su grupo de voluntarios ya había detectado que estaban próximos a dar con miembros de una familia y, efectivamente, así fue. En la madrugada del martes 4 de agosto encontraron a cuatro de cinco miembros de una familia. 

Casos sin cerrar 

Aunque los afectados por los terremotos tienen la certeza de que sus familiares perdieron la vida entre escombros, encontrar los cuerpos de sus seres queridos resulta esencial para cerrar los casos y constituye una parte imprescindible del duelo.

Sin embargo, no todas las personas han podido cerrar sus casos. Lorena Laya vio el viernes 31 de julio cómo concluyeron las labores de remoción de escombros en la Torre C de la OPPPE 27. No pudo recuperar el cuerpo de su padre Henry Laya, de 54 años, ni el de su hermano Diego Laya, de 14 años. Solo logró recuperar, el viernes 17 de julio, los cuerpos de su hermana Ginnys Laya, de 6 años, y de su madrastra, Noelia Iriarte, de 46 años. 

“Muchas veces, entre los vecinos, recolectamos dinero para comprar bombonas de oxígeno, para una herramienta llamada oxicorte; cada artículo valioso, como fotos, documentos de identidad, entre otros, lo pasábamos por el grupo de WhatsApp para que pudieran llegar a sus dueños o los guardábamos si sabíamos a qué familia pertenecía y siempre que se encontraba un cuerpo, apoyamos en su recuperación”, explicó Lorena Laya, quien trabajaba en una tienda en el municipio Chacao, en Caracas. Pero, al retornar a la ciudad y explicar que habían concluido las labores de búsqueda en el edificio de su familia, fue despedida. 

 

Lorena Laya junto con su padre y hermanos. Foto: Cortesía Lorena Laya.

“Si yo no estuviera viviendo esto en mi propia carne y sufriendo este proceso como lo hago, te diría que es ficción”, manifestó Laya.