¡Encontramos a la niña, está viva!



Minutos antes de los terremotos, Alexandra Pedreros acababa de salir de su casa a pasar un rato con su madre. No había terminado de llegar, cuando comenzó a temblar. Lo primero en lo que pensó fue que su única hija, Hadassa Machado, de 14 años y con una limitación motora, estaba sola en casa. Cuando desandó el camino de vuelta, se encontró con su edificio en ruinas.
FOTOGRAFÍAS: ERICK LEZAMA Y ÁLBUM FAMILIARAlexandra Pedreros acababa de salir de su apartamento. Aprovechando el feriado, ese 24 de junio quería aprovechar de visitar a su madre, Marlene Castaño, de 72 años; charlar un rato con ella, acompañarla. Eso le dijo a Hadassa Machado, su única hija, de 14 años, que se quedó allí donde vivían, en el piso 5 del edificio Marama, en San Bernardino, en el centro-norte de Caracas.
Entre ese y el edificio de Marlene había solo unas cuantas cuadras. Las caminó despacio, sin urgencia alguna. Cuando iba por las escaleras del 2do piso, las paredes crujieron y todo alrededor se estremeció. Alexandra se quedó inmóvil; era la primera vez en su vida que vivía algo así. Escuchó vidrios caer, pedazos de frisos derrumbarse. Tan pronto el suelo se aquietó, terminó de llegar a la casa de su madre.
—¡Mami…, mi hija! ¡Mi hija está sola!
Bajó corriendo a la calle. Afuera del edificio, pidió ayuda a unos funcionarios que patrullaban la zona. Estos le dijeron que esperara, pero ella insistió:
—¡Hadassa… Hadassa… Hadassa…! —gritaba.
No dejaba de pensar en la limitación física de su hija: Hadassa había aprendido a vivir sin la parte de la rodilla hacia abajo de la pierna izquierda. Así nació.
Se fue caminando lo más rápido que sus pies le permitían. Esas pocas cuadras le parecieron kilómetros.
Al llegar, encontró una montaña de concreto y polvo donde antes había estado el edificio.

—¡Hadassa…! ¡Hadassa…! ¡Aquí está tu mamá! ¡No estás sola!
A los pocos minutos llegó su hermano mayor, José Raúl Pedreros, de 53 años, y la encontró así, desaforada, gritando con desespero. Cuando ella salió corriendo del edificio de la madre, esta bajó a la calle, donde los vecinos comenzaban a reunirse, y allí se topó con José Raúl, que apenas cesó el sismo había salido de su casa en La Florida a buscarla.
Marlene, casi sin aliento, le dijo que Hadassa había quedado sola en el apartamento, y él se fue hacia allá.
—¡José, la niña se quedó adentro! ¡Está bajo los escombros!
El tío comenzó a trepar la montaña de concreto para buscar a su sobrina.
Como los equipos especializados de rescate todavía no llegaban, otros vecinos se sumaron a remover escombros. Uno levantaba una placa de concreto; otro abría espacio entre los restos. Trabajaron sin maquinaria ni equipos, solo guiados por la esperanza de encontrar personas con vida.
Una, dos, tres, cuatro horas para que llegara un equipo de rescatistas.
La búsqueda continuó.
Fueron ellos quienes lograron dar con Hadassa y ahí, desde lo más alto de la pila de escombros, gritaron:
—¡Encontramos a la niña! ¡Está viva!
Alexandra sintió esperanza pero no quiso aferrarse a ella.
—Hasta que no la vea… no voy a quedarme tranquila. No voy a estar tranquila hasta que esté conmigo… —se repetía, todavía incrédula.
El tío —que incluso después de que llegaran los rescatistas, no había cesado la búsqueda— logró ver que Hadassa movió los dedos del brazo izquierdo. Y la escuchó:
—¡Ayúdenme…! ¡Sáquenme de aquí!

Con un esmeril y otras herramientas seguían intentando abrirse paso entre los escombros.
José Raúl intentó tranquilizarla.
—¡Soy yo, tu tío! ¡Respira!… ¡Respira!
—¡Sáquenme de aquí!
La espera continuó. Mientras intentaban llegar hasta Hadassa, los rescates no se detenían. Alexandra vio que sacaron con vida a una mujer, pero también a un adolescente que no había sobrevivido al colapso. Intranquila por las imágenes que presenciaba, aguardaba por su hija.
Pasaron dos largas horas.
Ya era muy de noche cuando por fin vio que la sacaron de entre los escombros. Estaba herida, cubierta por una película de polvo. Tuvo el impulso de aproximarse, de abrazarla, pero los rescatistas se lo permitieron apenas cuando se aseguraron de que se había calmado.
Unas ambulancias llegaron al rato. Hadassa fue ingresada en la emergencia de Clínicas Caracas, centro médico cercano a la zona. Después, la trasladaron a cuidados intermedios. Le diagnosticaron politraumatismo por aplastamiento, una fractura en el pie derecho y múltiples excoriaciones.

Un informe de la organización Cecodap, publicado a seis días de los terremotos, advierte que existe una brecha importante entre los daños reales de la tragedia y lo que ha sido cuantificado oficialmente. “Para niños, niñas y adolescentes, abandonar temporal o definitivamente el hogar puede implicar pérdida de vivienda, separación de familiares, suspensión de tratamientos médicos, interrupción escolar, exposición a condiciones inseguras, hacinamiento, falta de privacidad, riesgo de violencia y afectación emocional. El subregistro de evacuaciones impide dimensionar cuántos niños requieren alojamiento seguro, alimentación, atención médica, apoyo psicosocial, protección frente a la violencia y seguimiento institucional. También dificulta saber cuántos niños no han podido regresar a sus hogares o se encuentran en viviendas inseguras”.
A Hadassa le dieron de alta el 29 de junio en condiciones estables, pero con la indicación de que guarde reposo. Desde entonces, la adolescente y la madre duermen en la casa del tío José Raúl, mientras se despeja una gran incógnita: ¿dónde irán a vivir ahora? El apartamento donde vivían ya no existe.
Esta historia es parte de la serie “Los niños del terremoto”, producida por La Vida de Nos, en alianza con Monitor de Víctimas y Tal Cual.