Tan pronto la tierra se aquietó la tarde del 24 de junio, y comenzaron a circular imágenes y escenas inenarrables de una destrucción sin precedentes en Venezuela, una pregunta nos asaltó la mente: ¿qué pasaba –y qué pasaría– con los niños, niñas y adolescentes en medio de esta catástrofe que apenas comenzaba?
Hay heridas que nunca sanan del todo. El terremoto (en realidad fueron dos, unos 7.2 y otro 7.5 de magnitud, separados por apenas 38 segundos) reabrió con su potencia telúrica una vieja grieta en la memoria venezolana. La agitación del suelo trajo de vuelta un recuerdo en forma de fantasma.
En 1999, un deslave arrasó con buena parte del litoral central venezolano y, entre los miles de muertos y damnificados, hubo decenas de niños extraviados. ¿A dónde fueron a parar? ¿Murieron entre el lodo? ¿Alguien se los llevó al ser rescatados? Ha habido madres, padres, familias enteras tratando de dar con ellos. Organizaciones de la sociedad civil documentaron al menos 119 de los que nunca se hallaron rastros. Aunque en su momento se iniciaron investigaciones en el Ministerio Público, con el paso de los años las averiguaciones quedaron archivadas.
Ahora, que La Guaira se había convertido de nuevo en escenario de devastación, nos preocupó que la historia se repitiera. Una preocupación latente que se incrementó a partir de la estimación de Unicef, de 3,9 millones niños, niñas y adolescentes en las zonas afectadas por los terremotos.
¿Funcionaría, esta vez sí, el sistema de protección?
¿A dónde irían los niños que se estaban quedando solos, sin padres?
¿Se les garantizarían sus derechos?
Nos tomó el sentido de urgencia. Haría falta información, que es un enorme hueco en Venezuela, donde desde hace años el acceso a fuentes oficiales es casi nulo. Sospechamos que no sería distinto en esta nueva contingencia, y de hecho, así ha sido: la información ha sido escasa y tardía. La organización no gubernamental Cecodap documentó que, en estos primeros días posteriores a la tragedia, la niñez y adolescencia ha estado ausente en el discurso de las autoridades interinas.
Ante esa opacidad, surgió este esfuerzo periodístico, que involucró a 26 profesionales, combinando una cobertura de campo —fuimos a hospitales, a consejos de protección, a refugios, a zonas devastadas– con entrevistas remotas y reportería documental, para entender esta realidad imperiosa. También, en un ejercicio de periodismo de datos, nos dedicamos a reunir los registros acumulados por ciudadanos –seguramente llevados por la misma inquietud nuestra– en 14 plataformas, desarrolladas al fragor de las primeras horas de angustia; registros todos de niños, niñas y adolescentes encontrados o siendo buscados por sus familias. También revisamos una de las dos plataformas oficiales, cruzamos datos, depuramos los registros duplicados, analizamos el resultado y tomamos una fotografía que, aunque incompleta, ofrece algo de luz sobre la dimensión de cuántas heridas abrieron los terremotos en la niñez y adolescencia.
En este recorrido, nos encontramos las historias detrás de tantos datos. Nos alegramos con la aparición de Kelly Saraí Raga Silva (5 años), quien apareció tras dos días y medio de intensa búsqueda en La Guaira por parte de sus familiares, y por el rescate casi inmediato de Hadassa Machado Pedreros (14 años) en Caracas. Nos encontramos también con Arleys Romero, de 13 años, cuyo edificio desapareció en La Guaira y que está bajo resguardo de su familia, pero continúa buscando a su mamá y a su hermano. Nos contaron de Aron y Aranza Mendoza Orias (13 años), unos morochos que desaparecieron bajo el concreto de las Residencias Caribe en Caraballeda, y su padre no pierde la fe en encontrar.
De acuerdo con la Convención de los Derechos del Niño, la infancia es Prioridad Absoluta. Esto quiere decir que, ante cualquier circunstancia, esta población debe ser atendida con urgencia. Y debe prevalecer el principio de Interés Superior: cada decisión que tome el Estado y las familias debe atender el bienestar físico, mental y emocional de los niños y adolescentes.
Cecodap ha insistido en que esta es una población con necesidades específicas durante los desastres. "En consecuencia, las acciones de respuesta no deben limitarse a la atención médica, el rescate o la asistencia humanitaria general, sino incorporar de manera transversal medidas especializadas de protección infantil", dice un informe de esta ONG, publicado el 1ro de julio.
Esta es una historia en desarrollo. Publicamos este especial –una alianza de La Vida de Nos con Monitor de Víctimas y Tal Cual, con el apoyo de Cecodap–, a semana y media de los hechos, con el zumbido de un saldo lamentable que crece cada día. Hoy, según el gobierno, son 2 mil 954 fallecidos, 16 mil 592 heridos y 6 mil 462 personas rescatadas. Mañana serán más. Sigue sin estar claro cuántos niños, niñas y adolescentes forman parte de esa cuenta, así que este abordaje periodístico es una primera aproximación a lo que se esconde en las estadísticas, a la que nos comprometemos a agregarle cuantas páginas sean necesarias en los días por venir.
Créditos
Coordinación editorial: Albor Rodríguez
Edición general: Erick Lezama
Reporteros: Angélica Lugo, Gabriela Rojas, Albor Rodríguez, Carlos Seijas, Gabriel Hernández, Cristina González, Joshua de Freitas, Mariana Souquett y Raylí Luján.
Base de datos: Mayreth Casanova, Adriana Núñez Moros, Juan Hernández Vargas, Ronna Rísquez, Reinaldo Cardoza, Exiober Medina, Nazareth Palencia, José Rojas, José Luis Guerra y Yorbelys Guape.
Fotografías: KBECCO film, Maria de los Ángeles Graterol, Angélica Lugo, Erick Lezama y Gabriel Hernández.
Ante la ausencia de información, sistematizamos los datos de 14 plataformas ciudadanas de registro de víctimas y de la página oficial Localiza Pacientes. El resultado es apenas una aproximación al impacto de la catástrofe en una población vulnerable que debe ser prioridad absoluta.
Leer másLa emergencia encontró a los órganos de protección arrastrando importantes deudas de fondo.
Leer más